Relato: La cura de las distracciones artificiales
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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Distracciones artificiales. Así titulaba Alexandra a su situación actual, desde que se levantaba hasta que se acostaba.
La inteligencia artificial había causado una mezcla de furor, furia, fascinación y temor. Todas reacciones entendibles, humanas, hasta adecuadas, podría decir, para los tiempos que corren. Y como toda tecnología novedosa, la inteligencia artificial era sometida a numerosos estudios sobre su impacto general; los resultados eran demasiado aterradores.
No se estaba hablando de inteligencias artificiales sintientes como en Terminator. Se señalaba del alto y monstruoso consumo de recursos naturales valiosos como el agua, del mal uso de la herramienta para fines grotescos, de considerársele como el sustituto de lo humano en empleos en donde la creatividad y la formación eran más que necesarias para llevar a cabo el trabajo.
Perturbadores eran los casos de adolescentes que lo veían como un sustituto de ser humano al momento de entablar una conversación en momentos de soledad; el final de cada caso variaba, pero una abrumadora mayoría hablaba de la puerta falsa, del escape sin retorno.
Otros veían a la herramienta como un psicólogo, como un ahorro para las sesiones de terapia. Los resultados eran el empeoramiento de sus situaciones emocionales, aunque dijeran lo contrario.
Pero de que la inteligencia artificial era adictiva, lo era. Alexandra lo supuso cuando jugueteaba con ella en la elaboración de relatos que salían de su mente, solo para satisfacer la curiosidad de ver qué tanto podía hacer la máquina. Sí, la narrativa sin alma parecía enganchar con todo y sus errores de léxico, pero a la larga sabía que lo mejor sería distanciarse de ello. Usarlo de vez en cuando, aunque fueran cuarenta minutos. O menos, diez minutos.
O quizás usarlo cada vez que se acuerde de su existencia, cuando esté buscando algo de inspiración estando en el atasco creador.
O quizás nunca.
Sí. Esa opción sería la más óptima. Ya le robó tiempo y horas de sueño por un par de días. Mejor cerrarlo, buscar otra distracción más sana, más allá de la pantalla del teléfono. Una cura que estaba al alcance de su mano.
Los libros. No los digitales. Los físicos, los de papel y tapa; las historias que podrían capturar su atención. Tomarlos con cariño, recorrer sus páginas, conocer la textura.
Se levantó un momento de su asiento. En sus audífonos escuchaba melodías de piano, como si buscara en él la inspiración para escribir, para crear. Su nariz estaba medio tapada por los tantos cambios de clima, pero poco le importaba. Recorrió los anaqueles del café, buscando entre los libros el título del libro digital que estaba leyendo, de una edición específica. No lo encontró, pero al menos se distrajo un momento de la pantalla.
Miró la hora. 1:25 de la tarde. Quizás era hora de irse al banco a realizar un retiro y de ahí a casa para almorzar; en la tarde ella iría a la biblioteca. No llevaría la computadora; solo una libreta y una pluma para apuntar las notas de un libro que estaba leyendo cada cierto tiempo. Y si la llevaba, sería para elaborar los videos que quería trepar en una página de videos.
El proceso de desintoxicación sería un proceso largo, pero al menos entendió que lo humano siempre prevalecerá por encima de la máquina.


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